Telefónica

Empresa 2.0 y la paradoja de la productividad

Pensemos en una empresa moderna común y corriente, donde sus empleados tienen correo electrónico y pongamos que acceso a Internet también. Pensemos cuál será la actitud de los administradores de esa empresa cuando, preocupados por el uso del tiempo que hacen sus empleados deciden analizar la proporción de la jornada laboral que ellos dedican a mandar e-mails y navegar por la Red.

Y pongamos que terminan alarmados porque descubren que el porcentaje utilizado para los e-mails es demasiado alto a su juicio, y que eso está quitando tiempo (y, por tanto, productividad) a sus trabajadores. Y esto sin contar con el tiempo usado para navegar por Internet.

¿Pueden imaginarlos tratando de implementar medidas restrictivas en el uso del e-mail y de Internet con el objetivo de lograr que sus empleados mantengan ciertos niveles de productividad?

Supongo que la respuesta debería ser ““. Sí porque el escenario que describí más arriba es absolutamente verosímil. Claro que encierra algunos supuestos básicos que, en esta época, pueden comenzar a convertirse en obsoletos y hacer correr el riesgo a una empresa de todo lo contrario a lo que busca: bajar aún más la productividad y quedar afuera del negocio.

¿Cómo es esto? ¿Significa entonces que cuanto más conectados al e-mail y a Internet estén los empleados de una compañía, más productivos serán? (Me apuro a aclarar que no estamos hablando de usos del e-mail y de Internet para fines personales, por supuesto).

Así se desprende, al menos, de un interesante artículo de Juan Freire en el sitio informativo Soitu.es. Freire plantea desde el vamos la cuestión de la “paradoja de la productividad“, cuestión que desvela a los economistas desde los ‘80 por aquello de que la introducción de las nuevas tecnologías en la empresa (particularmente las computadoras) debería haber contribuido a aumentar la productividad… cuestión que en la práctica no se verificaba.

Al parecer esta situación estaría comenzando a resolverse, de acuerdo con el trabajo de Erik Brynjolfsson, del MIT Center for Digital Business, junto con Sinan Aral y Marshall Van Alstyne (Productivity Effects of Information Diffusion in Networks, en pdf), citados por Freire en su artículo. ¿Cómo fue posible? Como todos los descubrimientos geniales, la cuestión fue muy sencilla: “los analistas han dejado de medir los tangibles -la tecnología- para preocuparse por los intangibles -los flujos y gestión de información en las organizaciones“, sostiene Freire.

De esta forma, según los autores del trabajo citado, estaríamos –dice Freire– ante “la primera evidencia empírica de que la difusión de la información dentro de las redes de una organización mejora la productividad“.

Para matizar un poco la cuestión debemos decir que los autores analizaron sólo el flujo de información de los correos electrónicos de una empresa que se dedica a la selección de personal, y donde el uso del e-mail está en relación directa con la actividad diaria de los empleados por la clase de relaciones que necesitan tener.

Atinadamente, Freire plantea que “este estudio analiza una tecnología y un canal de comunicación, el correo electrónico, que camina rápidamente hacia la obsolescencia“, y a propósito cita al blog Adoption Curve en su post “Information hubs in a post-email world”, donde “se preguntan por la relevancia de estos resultados en entornos en los que el correo cede importancia ante otros canales digitales de comunicación, desde la mensajería instantánea a herramientas de microblogging como Twitter“.

De cualquier manera, el autor cierra su artículo con una extrapolación bastante coherente, que en todo caso sólo precisaría alguna clase de comprobación al estilo del trabajo de Brynjolfsson, Aral y Van Alstyne: “En este sentido, serán aquellos capaces de acceder mejor y más rápido a la información y que le den mejores usos mediante su remezcla y uso creativo -los brokers de conocimiento- quienes aporten más valor en las ‘industrias del conocimiento’. El hecho de que esta tendencia ya se evidencie con redes sociales basadas en tecnologías tan poco sofisticadas como el correo electrónico, no hace más que indicarnos el impacto de este proceso en la empresa 2.0.

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